

Acostumbrada a los alumnos de la casa de altos estudios villaclareña, los nuevos me llenaban de curiosidad, porque casi todos de origen campesino, tenían objetivos muy claros en sus vidas y un apego y compromiso con la familia, que me sorprendía constantemente.
Los profesores en una buena parte teníamos una procedencia urbana y no podíamos entender que si

Una vez comentándoles sobre una investigación que mi colega Alicia Pino y yo empezábamos a hacer sobre las peculiaridades socioeconómicas del Escambray, le conté a mis estudiantes que los jóvenes del Ejército Juvenil del Trabajo, asentados en un campamento cercano a la Facultad, e incluidos en nuestro estudio, habían respondido en una encuesta sobre su preferencias recreativas, donde decía otras: “las peleas de gallos”. Para mí algo horrendo y ligado a vicios del pasado imposible de concebir. Entonces uno de mis mejores alumnos, Alexander, levantó la mano y me ofreció una disertación sobre el tema, desde el cuidado de los huevos, la cría de los polluelos escogidos, hasta el momento de la lidia, todo un arte, en la cultura campesina que su familia practicaba desde sus ancestros y hasta José Martí y Raúl Castro, salieron a relucir, en materia de peleas de gallo.

Pero lo mejor de todo resultaron las sesiones de Cinedebate. Gracias al amigo y vecino Carlos Aldana, tuvimos la posibilidad de contar con una sala de video en el Kurhotel, antiguo sanatorio antituberculoso y ahora una institución de salud y descanso, donde una vez por semana discutíamos sobre una película. Allí vimos Fresa y Chocolate y el machismo de muchachas y muchachos a flor de piel, se sintió emplazado. No podían comprender una amistad de esa naturaleza y agudos fueron los análisis que los llevaron a la autocrítica, aunque parezca una palabra manida, por haberle hecho imposible la vida a un compañero que había ingresado con ellos y lo obligaron prácticamente a abandonar la carrera, siendo solo un guajirito amanerado, que ni siquiera sabía a ciencia y acierta su condición.

De Israel Oquendo, hoy mi vecino en Cárdenas, aplicando sus conocimientos como Ingeniero Agrónomo en ARENTUR, tengo que decir que nunca nadie defendió con tanta pasión un trabajo sobre el tema de los edulcorantes y sus afectaciones a los productores de azúcar de caña en un Fórum Científico, Por último mencionar a Lázaro Menocal, el único matancero además de mí, un negrito de Jovellanos con una sonrisa permanente de dientes blanquísimos y ojos inmensos que quería hacerse ingeniero a pesar de que bailaba como para debutar en Tropicana.

Las muchachas también sobresalían, aunque en número eran menos, recuerdo a las Marcos Pujol, nacidas allí, orgullosas de su estirpe, criadora de los mejores gallos de la comarca. Muy inteligentes las tres y con una familia dividida geográficamente en Topes de Collantes y Sandino, en Pinar del Río, porque en una época, revolucionarios y alzados, integraban muchos núcleos y a pesar de sus diferencias políticas, muy elementales por cierto, se respetaban y sentaban a la mesa sin levantar la voz, delante de los padres, quienes sufrían en silencio tener a un hijo mártir y a otro bandido, debido a las circunstancias.


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