Cuando leemos sobre zapatos de tacones, las que no los usan respiran tranquilas, porque amén de que sus parejas se trastornen cuando ven pasar a una mujer con calzado alto, generalmente la lista de los inconvenientes, justifican el rechazo a montarse en un par de pullas.
Sin embargo en este artículo que encontré, lejos de eso, lo que se hace es ponderarlos e invitarnos a incluirlos en nuestro atuendo; por eso rápidamente lo copié y se lo llevé a mi hija, que por falta de práctica en su última salida, llegó quejándose de tener un par de dóberman mordiéndole los pies.
Tuvo tanto éxito el escrito entre ella, su hermana, primas y amigas que decidí publicarlo en mi blog para compartirlo.